desarrollo humano

Tarjeta ViSí

RELACIONES: ESCUELA DE APRENDIZAJE

Las mujeres despechadas dicen que se puede ser feliz sin un hombre. 

Los hombres despechados dicen que no hay necesidad de una mujer para ser felices...

Lo cierto es que ambos cometen un error de base: creen que para ser feliz "se necesita" a alguien.

Yo necesito a mi pareja para que despierte a mis demonios, para que me refleje, para que yo pueda trabajar sobre mis defectos. La necesito para que llene mi vida de crisis, así, y solo así, mis alas crecerán más fuertes, para que cuando nos encontremos durante el vuelo, no me muera con la primera tormenta.

Las relaciones son una escuela de aprendizaje, no una necesidad para ser felices.

Existen momentos de felicidad. Si no estás dispuesto a eso y sigues buscando al príncipe azul o a la princesa rubia que te han prometido todas las publicidades, déjame decirte que no estás preparado para una relación.

K. Uhga

10 SíNTOMAS DE PAZ INTERIOR

  1. Tendencia a actuar espontáneamente, en lugar de hacerlo con miedo basado en experiencias pasadas
  2. Inconfundible capacidad para disfrutar cada momento
  3. Pérdida de interés en juzgar a otras personas
  4. Pérdida de interés en interpretar las acciones de los demás
  5. Pérdida de interés en participar de conflictos
  6. Pérdida de la capacidad de preocuparse
  7. Experimentar frecuentes e incontenibles episodios de apreciación
  8. Alegres sentimientos de conexión con los demás y con la naturaleza
  9. Frecuentes ataques de sonrisa
  10. Una susceptibilidad creciente por el amor extendido por los demás tanto como el incontrolable de urgencia de extenderlo hacia los demás 

FRASES PARA EL MOMENTO PRESENTE

IMPRESIÓN ESQUEMÁTICA DE CUENTOS

Dos marineros amigos llegaron a una isla del Mar de la India, desembarcaron y fueron al pueblo. En el camino se cruzaron con una mujer arrodillada lavando ropa en el río. Uno se detiene y le dice al otro que lo espere, quiere conocer y conversar con esa mujer. El amigo, al notar que no es nada del otro mundo, le dice que en el pueblo encontrarán chicas más lindas, dispuestas y divertidas. El primero se acerca a la mujer y le pregunta sobre su vida y sus costumbres, nombre, edad y si lo acompaña a caminar por la isla.

La mujer escucha sin responder, finalmente le dice al marinero que las costumbres del lugar le impiden hablar con un hombre, salvo que este manifieste la intención de casarse con ella, y en ese caso debe hablar primero con su padre, que es el patriarca del pueblo. El hombre le dice:
“Está bien. Llévame ante tu padre. Quiero casarme contigo”.

El amigo no lo puede creer. Y le dice: “¿Para qué tanto lío? Hay un montón de mujeres más lindas en el pueblo. ¿Para qué tomarse tanto trabajo?”.
El hombre le responde: “No es una broma. Me quiero casar con ella. Quiero ver a su padre para pedir su mano”.
Su amigo siguió insistiendo “¿Estás loco?”, “¿Qué le viste?”, “¿Qué te pasó?”

Pero el hombre siguió a la mujer hasta encontrarse con el padre, donde le explica que acababa de llegar a la isla y le manifiesta el interés de casarse con una de sus hijas. El jefe de la tribu lo escucha y le dice que en esa aldea la costumbre era pagar una dote por la novia, que tiene varias hijas, y que el valor de la dote varía según las bondades de cada una de ellas, por las más hermosas y más jóvenes se debía pagar 9 vacas, las había no tan hermosas y jóvenes, pero que eran excelentes cuidando los niños, que costaban 8 vacas, y así disminuía el valor de la dote al tener menos virtudes.

El marino le explica que había elegido a una que vio lavando ropa en un arroyo, y el jefe le dice que esa mujer, por no ser tan agraciada, le obliga a aportar 3 vacas.
“Está bien, me quedo con la mujer que elegí y doy por ella nueve vacas”.
El padre le dice: “Ud. no entiende. La mujer que eligió vale tres vacas, las más jóvenes, nueve vacas”.
“Entiendo muy bien y pago por ella nueve vacas”.

El padre, creyéndolo un poco loco, aceptó y comenzaron los preparativos para la boda.

El amigo también lo creyó loco o que se había contagiado de una rara fiebre tropical, fue testigo de la boda y a la mañana siguiente partió en el barco, dejando en esa isla a su amigo de toda la vida.

Años después, volvió al mismo puerto donde se había despedido de su amigo. Estaba ansioso por saber de él y de su vida. En cuanto el barco amarró, saltó al muelle y de camino al pueblo, se cruzó con un grupo de gente que venía caminando por la playa, entre todos llevaban en alto y sentada en una silla a una mujer bellísima. Era un magnífico espectáculo.
Cantaban y obsequiaban flores a la mujer y esta los retribuía con pétalos y guirnaldas.

El marinero se quedó parado hasta que el cortejo se perdió de vista. Luego, fue en busca de su amigo. Al poco tiempo, lo encontró. Se saludaron y abrazaron como lo hacen dos buenos amigos que no se ven durante mucho tiempo.

El marinero le pregunta “¿Y como está tu esposa?”
Su amigo le responde: “Muy bien, espléndida, creo que la viste llevada en andas por un grupo de gente en la playa que festejaba su cumpleaños”.
El marinero, al escuchar esto y recordando a la mujer insulsa que años atrás encontraron lavando ropa, preguntó: “¿Entonces, te separaste? No es la misma mujer que yo conocí, ¿no es cierto?”.
“Sí” dijo su amigo, “es la misma mujer que encontramos lavando ropa hace años atrás”.
“Pero, es muchísimo más hermosa, atractiva y agradable, ¿cómo puede ser?”, preguntó el marinero.

“Muy sencillo” respondió su amigo. “Me pidieron de dote 3 vacas por ella, y ella creía que valía 3 vacas. Pero yo pagué por ella 9 vacas, la traté y consideré siempre como una mujer de 9 vacas. La amé como a una mujer de 9 vacas. Y ella se transformó en una mujer de 9 vacas”.


La historia cuenta que un monje zen, conocido por su empuje, no se detenía ni de día ni de noche. Siempre andaba ocupado hasta el punto de no tener apenas tiempo para comer y para dormir.

- ¿Por qué corres tanto, qué prisa tienes? – preguntó el maestro.

- Busco el conocimiento, no puedo perder tiempo – respondió el frenético aprendiz.

- ¿Y cómo sabes que el conocimiento va delante de ti, de modo que tengas que correr tan deprisa tras él? Quizá va detrás de ti, y todo lo que necesitas para encontrarlo es quedarte quieto – dijo el maestro.

Cuentan que un hombre llegó a la conclusión de que vivía muy condicionado tanto por los halagos y aceptación de los demás, como por sus críticas o rechazo. Dispuesto a afrontar la situación, visitó a un sabio. Éste, oída la situación, le dijo:

- "Vas a hacer, sin formular preguntas, exactamente lo que te ordene. Ahora mismo irás al cementerio y pasarás varias horas vertiendo halagos a los muertos; después vuelve".

El hombre obedeció y se fue al cementerio donde llevó a cabo lo ordenado. Cuando regresó, el sabio le pregunto: 
- “¿Qué te han contestado los muertos?”

- “Nada, señor; ¿cómo van a responder si están muertos?”

- “Pues ahora regresarás al cementerio de nuevo e insultarás gravemente a los muertos durante horas”.

Cumplida la orden, volvió ante el sabio, que lo interrogó: 

- “¿Qué te han contestado los muertos ahora?”

- “Tampoco han contestado en esta ocasión, ¿cómo podrían hacerlo?, ¡están muertos!

- “Como esos muertos has de ser tú. Si no hay nadie que reciba los halagos o los insultos, ¿cómo podrían éstos afectarte?”